La alergia es una enfermedad por la que el sistema inmunológico reacciona por error con una respuesta de inflamación, exacerbada y anómala, frente a una molécula inocua llamada alérgeno, que generalmente es una proteína. Cuando el alérgeno está contenido en un alimento, la alergia se denomina “alimentaria”. La alergia alimentaria se cataloga de “enfermedad alérgica de riesgo vital” ya que, junto con la “alergia a medicamentos” y la “alergia a himenópteros” (abejas y avispas), es una de las principales causas de anafilaxia (reacción alérgica grave, súbita e impredecible que compromete la vida en cuestión de minutos).

A día de hoy, no existe debate sobre que la alergia supone una crisis de salud pública global.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Mundial de la Alergia (WAO) estiman que para el año 2050, la mitad de la población del planeta padecerá alguna enfermedad alérgica (rinoconjuntivitis, asma, alergia a medicamentos, urticaria y angioedema, alergia alimentaria, dermatitis de contacto y atópica, alergia a himenópteros), donde el mayor incremento porcentual se estima que se producirá para la alergia alimentaria, cuya prevalencia ya se sitúa en 520 millones de personas en todo el mundo, de los que 17 millones son europeos.

Una epidemia silenciosa y silenciada

La Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica, SEAIC, arrojaba hace 10 años en su estudio “Alergológica 2015” (datos que están siendo actualizados este año), cifras preocupantes sobre la prevalencia de las enfermedades alérgicas en España, que afectaban ya entonces a un 30% de la población española, estimando en un 10,4% el porcentaje correspondiente a alergia a alimentos.

Datos actuales de la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica, SEICAP, estiman que el 8% de la población menor de 14 años en España padece alguna alergia alimentaria actualmente.

Son cifras alarmantes que además están en aumento acelerado a causa de la aparición a nivel mundial de una abrupta pérdida de tolerancia del sistema inmunológico hacia los alimentos, produciendo que se haya multiplicado la prevalencia de alergias alimentarias, desde un 3-4% hasta un 8-10% en el transcurso de apenas dos décadas.

La comunidad científica internacional y las organizaciones y agencias de salud pública llevan años alertando a los gobiernos de la gravedad de esta denominada “segunda ola” de epidemia de alergia mundial (alergia alimentaria), sin conseguir que se estén legislando medidas efectivas para frenar la epidemia, salvo algunas excepciones.

Causas de la segunda ola de la epidemia alérgica (la ola de la alergia alimentaria)

La respuesta es multifactorial, pero se relaciona principalmente con 1) la alteración y menor diversidad de la microbiota intestinal (determinante sobre todo al inicio de la vida), 2) el aumento de la alergenicidad (agresividad) de los alérgenos por causas ambientales, y 3) la transmisión de padres a hijos de la tendencia a desarrollar alergias (atopía), cuya probabilidad puede llegar al 80% si ambos progenitores tienen dicha tendencia.

En concreto:

  • Cambios en el entorno sanitario. Reducen el desarrollo de una microbiota sana el uso de antibióticos (sobre todo durante el embarazo o el primer año de vida) y el aumento de los partos por cesáreas.
  • Cambios en la dieta de los lactantes. A la baja prevalencia de lactancia materna prolongada, y al aumento de dietas poco variadas, bajas en fibra y que incluyen alimentos ultraprocesados (en presencia de aditivos y con procesamiento industrial de proteínas), se les une lo que supuso un desacierto a nivel global: en el año 2000, las principales sociedades pediátricas occidentales recomendaron retrasar la introducción de los alimentos más alergénicos hasta los 3 años de vida, en un intento de frenar la progresión de la alergia alimentaria en niños, pero consiguiendo sin embargo el efecto contrario. Estudios científicos y epidemiológicos han conseguido un cambio completo de paradigma. Sociedades científicas como la Academia Europea de Inmunología Clínica y Alergología, EAACI, postulan la introducción precoz (4-6 meses de vida) de los alimentos más alergénicos, ya no sólo como una recomendación sino como una intervención inmunológica crítica. La teoría de exposición dual de alérgenos explicaría el porqué de no retrasar la introducción de los alimentos más alergénicos y ubicuos en la dieta de los bebés con predisposición atópica: aumentarían las posibilidades de que los bebés entraran en contacto con los alérgenos a través de vías como la respiratoria o la piel, tendentes al desarrollo de una respuesta alérgica, antes que a través de la vía digestiva, que es protectora por estar naturalmente predispuesta a la tolerancia.
  • Cambios ambientales. El cambio climático, el estrés, la contaminación y la falta de exposición ambiental, a animales y a la naturaleza. En este punto conviene matizar la famosa hipótesis de la higiene (1970) que afirmaba que el aumento de alergias estaba relacionado con la ausencia de infecciones en la infancia, y ha evolucionado a modelos más complejos centrados en la biodiversidad de la microbiota humana. Vaya por delante que la higiene salva vidas y es fundamental mantener las recomendaciones higiénicas.

La industrialización está afectando no solo a nuestra salud inmunológica, sino también al legado epigenético y microbiológico que heredarán nuestros hijos, de un modo que aún es difícil de calibrar. Reducir la exposición a la contaminación y al estrés, combinado con un contacto activo con la biodiversidad de la naturaleza, resulta fundamental para el desarrollo de un sistema inmunitario maduro y equilibrado. La clave del futuro está en educar de forma proactiva las defensas de los más pequeños desde sus primeros meses de vida

Author

Digitalizando la oficina de farmacia

Comments are closed.